Swing De la casa 🔥🔥🔥

La Noche que No Salió como Esperábamos

Una pareja en su primera experiencia en el mundo del swing descubre que el placer no siempre sigue el guión esperado. Entre besos prohibidos, elogios excitantes y la dificultad de respetar límites autoimpuestos, Micheli y su marido viven una noche de lujuria, frustración y promesas. Una historia real sobre expectativa, confianza y el arte de volver a empezar.

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1. La Llegada y el Ambiente

La casa en Belo Horizonte estaba llena, pero no abarrotada. El ambiente era íntimo, con luces bajas, música suave y risas ahogadas en los rincones. Micheli y yo ya habíamos establecido las reglas antes de entrar:

"Nada de penetración con otras personas." "Besos y toques están permitidos." "Si alguno no se siente cómodo, paramos en el acto." Era nuestra primera vez en un swing de verdad, y, a pesar de los nervios, estábamos decididos a disfrutarlo.

Fue entonces cuando él apareció.

Un señor de unos 60 años, cabello canoso bien cuidado, sonrisa tranquila y una postura que transmitía confianza. Su esposa, una morena de cuerpo firme y curvas generosas, aparentaba unos 45 años — pero su cuerpo no delataba la edad. Llevaba un vestido negro ajustado que realzaba cada detalle, y tacones altos que la dejaban a la altura perfecta para un beso.

Micheli y yo nos miramos. Era el momento.

2. El Juego Comienza

Nos acercamos a la pareja y la conversación fluyó naturalmente. Él se presentó como Carlos, y ella como Lúcia. Reímos, brindamos y en pocos minutos ya estábamos bailando.

Fue Lúcia quien tomó la iniciativa.

Se acercó a mí, pasó su mano por mi brazo y susurró en mi oído: — "¿Puedo besarte?"

No esperé ni un segundo. La agarré por la cintura y la atraje hacia mí. Su boca era suave, experimentada, y sus manos no perdían tiempo — se deslizaban por mi espalda, apretaban mis brazos, exploraban mi cuerpo como si ya me conociera.

Mientras tanto, Carlos se arrodilló frente a Micheli.

Ella me miró, medio sorprendida, medio excitada, pero no se resistió. Carlos apartó su tanga y enterró su rostro entre sus piernas. Micheli cerró los ojos, se mordió el labio y agarró su cabello, guiándolo.

Yo observaba todo, con Lúcia en mis brazos, nuestras lenguas enredadas, mis manos apretando su firme trasero. Ella gimió suavemente cuando apreté sus senos por encima del vestido, y sentí su cuerpo responder.

3. El Elogio que me Dejó Duro

Fue entonces cuando Micheli me atrajo hacia ella.

Con la boca aún húmeda, susurró en mi oído, mientras Carlos seguía lamiéndola: — "No chupa ni cerca de lo bien que tú lo haces."

Aquello fue como una descarga de excitación.

Mi polla palpitó dentro de los pantalones, y apreté a Lúcia con más fuerza, besando su cuello, mordisqueando su oreja. Pero algo me detuvo.

Estaba nervioso.

No era miedo, no era inseguridad — era la regla. "Nada de penetración." Y por más que quisiera arrancarle la ropa a Lúcia y follármela allí mismo, no podía cruzar ese límite.

Lúcia lo notó.

— "¿Todo bien?", preguntó, pasando su mano por mi rostro.

— "Sí… solo estoy un poco… nervioso."

Ella sonrió, comprensiva. — "Sin prisa. Tenemos toda la noche."

Pero Micheli no estaba disfrutando.

Intentó relajarse, movió las caderas con más fuerza sobre la boca de Carlos, pero no estaba sintiendo lo que esperaba. Después de unos minutos, se apartó, se ajustó la ropa y negó con la cabeza.

— "¿Vamos a tomar un descanso?", dijo, mirándome.

Carlos se levantó, se limpió la boca y sonrió. — "Claro. Sin problemas."

4. La Despedida y la Promesa

Conversamos un poco más, tomamos otra ronda, pero el ambiente ya no era el mismo. La excitación había dado paso a una sensación extraña — no de arrepentimiento, sino de algo inacabado.

Alrededor de las 3:30 de la madrugada, nos fuimos. Éramos de los últimos en irse. En el auto, Micheli y yo no hablamos mucho. No era incomodidad — era reflexión.

— "¿Te gustó?", pregunté.

— "Sí… pero no fue lo que esperaba", respondió, sincera. "¿Y tú?"

— "Yo estaba muy excitado… pero me bloqueé."

Ella tomó mi mano. — "No tenemos que apurarnos. La próxima vez será mejor."

Y así fue.

5. El Silencio y las Fantasías

Llegamos a casa y fuimos directo a la ducha. Nos bañamos juntos, nos tocamos, nos besamos — pero no tuvimos sexo. Era como si aún estuviéramos procesando todo.

En la cama, no hablamos de lo que había pasado. Pero yo sabía que ella estaba pensando en eso. Yo también.

Acostados en posición de cucharita, ella se frotó contra mí, su cuerpo aún caliente, su piel sensible. Apreté su trasero, besé su cuello, y ella gimió suavemente.

— "Vamos a volver, ¿verdad?", preguntó.

— "Por supuesto."

Y entonces, sin decir nada más, tomó mi mano y la llevó a su coño.

— "Hazme correr como solo tú sabes."

Y lo hice.

Fin

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